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martes, 13 de noviembre de 2012

los boyeros=trabajo con inferencias

Al caer la tarde, Pololo el negrito y yo íbamos al arroyo. Marchábamos
monte adentro siguiendo los senderos trazados por el ganado que iba a abrevar.
Hasta el borde de la laguna llegaban las vacas, tranquilas y lentas, y hundían el
belfo en el agua. Parecían beber las ramas de los molles que el poniente
acostaba en la laguna.
Allí arrojábamos migajas a las mojarras para ver el juego de sus
cuchillitos y sus fugas eléctricas.
El monte se iba durmiendo con la canción del agua y el canto, cada vez
más lento y espaciado, de los pájaros que regresaban del campo.
Cuando las estrellas bajaban a la laguna, los boyeros acunaban la tarde
con su silbo y esta se dormía.
Camino de vuelta veíamos salir de sus nidos, en la tierra profunda, como
avisadas de nuestro paso, a las lechucitas de ojos redondos y dorados.
Un día llegaron los monteadores.
Sentíamos los golpes de sus hachas, las quejas de los troncos heridos y la
caída brutal de los árboles.
Por el aire vagaba el olor a sabia muerto.
Vimos caer los últimos árboles de la jornada. Tras el derrumbe se
precipitaban sobre el horror de la pichonada desecha y el desorden de plumas
de los nidos, los perros hambrientos.
Fue entonces que Pololo vio partir los boyeros.
Con ellos se iba la canción de cuna de la tarde.
Fue la última vez que vimos boyeros…
Juan José Morosoli (1899-1957)
“Perico”

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