Las puertas de calle de las casas tienen todas caras distintas.
Pero todas son serias.
Unas están casi tristes. Tienen un gesto de boca para abajo, como la de la gente que está amargada.
Otras no son tristes, pero sí muy calladas y formales.
Claro. Tienen un trabajo muy importante y responsable.
Deben cuidar que las casas queden bien cerradas y no entren ladrones.
Por eso ponen caras tan requeteserias.
Y
se enojan con los balcones, que son todo lo contrario. Siempre están
abiertos o entreabiertos, curioseando lo que pasa en el barrio.
Se enteran de todos los secretos, escuchan todas las conversaciones.
¿Quieren enterarse de algo? Párense atrás de un balcón. Lo sabrán todo.
En cambio las puertas no dicen nada. Guardan las historias de cada casa.
Pero, ¡ya están ahí los balcones con los visillos corridos! ¡Ya están contando todo!
Pues un buen día las puertas se aburrieron de ser tan serias y quisieron divertirse.
Hablaron entre ellas y se preguntaron: “¿Qué hacemos para divertirnos?”
En realidad, sólo pueden hablar con las puertas de la vereda de enfrente.
Con las de la misma cuadra no, porque no pueden mirar para el costado.
Ese era otro de sus disgustos, no conocían la puerta vecina.
Entonces
decidieron cambiarse de lugar. Cruzar la calle, correrse hasta la
esquina, en fin, colocarse cada una frente a una casa que no era la
suya. Yo no sé cómo lo hicieron, supongo que las grandes se achicaron,
las chiquitas se agrandaron, lo cierto es que al otro día, estaban todas
cambiadas.
¡Qué rara estaba la calle! Y ellas, muertas de risa.
Al
fin tenían una puerta distinta para ver y conversar y mirando para
adentro –porque las puertas también miran para atrás– una casa diferente
para conocer.
Al principio, las gentes de las casas no se dieron cuenta.
Salieron de mañana tan apuradas y nerviosas –y medio dormidas– que no se enteraron del cambio.
Pero cuando volvieron de noche, ¡qué lío!
Se metieron en casas distintas y no entendían nada.
Adentro se encontraron con otras gentes, que hacía años vivían allí, pero nunca habían visto.
Bueno, ya que estaban, aprovecharon la ocasión para hacerse amigos.
Los
que estaban locos de contento eran los balcones, porque desde ese día,
las personas de la cuadra eran tan amigas, que empezaron a festejar los
cumpleaños y las fiestas en la calle, todos juntos, cantando y bailando.
Gracias a la revolución de las puertas, se convirtió esa calle en la calle más divertida del barrio.
¿Qué
preguntan? ¿Si las puertas quedaron cambiadas? No, volvieron a su
lugar, pero cada tanto, cuando están aburridas, todas dicen: “¡A
cambiar!” y allá salen muy contentas a experimentar en otras casas.
Elsa Lira Gaiero
(De Cuentos de 3 minutos)
¡Cuántas
palabras encontramos en este cuento cortito! Lo que pasa es que nuestro
idioma es muy rico. Tanto, que nos permite decir de manera diferente
cosas parecidas. También tiene un montón de palabras que podemos usar
para referirnos a cosas, ideas o sentimientos contrarios.
Las palabras o expresiones que tienen un significado muy parecido, se llaman sinónimos. Por ejemplo:
baile – danza
bajar – descender
bello – hermoso
consigna.Busca sinónimos para estas palabras:
(ANDREA: LAS PUSE CON BARRA ESPACIADORA, PERO ME QUEDARON ASÍ.)
delgado rápido pequeño viejo distinto
Las palabras que expresan ideas opuestas se llaman antónimos. Por ejemplo:
bueno – malo
claro – oscuro
alegría – tristeza
Busca los antónimos de:
blanco bajo ancho llorar dormida