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domingo, 22 de marzo de 2015

EL ALMOHADON DE PLUMAS- 5TO-6TO AÑO

El almohadón de plumas
[Cuento. Texto completo.]
Horacio Quiroga
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho  -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
 
Cuentos de amor de locura y de muerte
, 1917

LA ABEJA HARAGANA- 4TO AÑO

Horacio Quiroga
(1879-1937)

LA ABEJA HARAGANA
(Cuentos de la selva, 1918)



         Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
         Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
         Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.
         Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:
         —Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.
         La abejita contestó:
         —Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.
         —No es cuestión de que te canses mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.
         Y diciendo así la dejaron pasar.
         Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:
         —Hay que trabajar, hermana.
         Y ella respondió en seguida:
         —¡Uno de estos días lo voy a hacer!
         —No es cuestión de que lo hagas uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la dejaron pasar.
         Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:
          —¡Si, sí, hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!
         —No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido —le respondieron—, sino de que trabajes. Hoy es diecinueve de abril. Pues bien: trata de que mañana veinte, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
         Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.
         Pero el veinte de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.
         La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.
         —¡No se entra! —le dijeron fríamente.
         —¡Yo quiero entrar! —clamó la abejita—. Esta es mi colmena.
         —Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras le contestaron las otras—. No hay entrada para las haraganas.
         —¡Mañana sin falta voy a trabajar! —insistió la abejita.
         —No hay mañana para las que no trabajan— respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.
         Y diciendo esto la empujaron afuera.
         La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.
         Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.
         —¡Ay, mi Dios! —clamó la desamparada—. Va a llover, y me voy a morir de frío. Y tentó entrar en la colmena.
          Pero de nuevo le cerraron el paso.
         —¡Perdón! —gimió la abeja—. ¡Déjenme entrar!
         —Ya es tarde —le respondieron.
         —¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!
         —Es más tarde aún.
         —¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!
         —Imposible.
         —¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:
         —No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.
         Y la echaron.
         Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.
         Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.
         En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.
         Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por eso la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:
         —¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.
         Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo: —¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.
         —Es cierto —murmuró la abeja—. No trabajo, y yo tengo la culpa.
         —Siendo así —agregó la culebra, burlona—, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
         La abeja, temblando, exclamo entonces: —¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
         —¡Ah, ah! —exclamó la culebra, enroscándose ligero —. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?
         —No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.
         —¿Y por qué, entonces?
         —Porque son más inteligentes.
         Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando:
         —¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer, apróntate.
         Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
         —Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.
         —¿Yo menos inteligente que tú, mocosa? —se rió la culebra.
         —Así es —afirmó la abeja.
         —Pues bien —dijo la culebra—, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
         —¿Y si gano yo? —preguntó la abejita.
         —Si ganas tú —repuso su enemiga—, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
         —Aceptado —contestó la abeja.
         La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:
         Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra.
         Los muchachos hacen bailar como trompos esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
         —Esto es lo que voy a hacer —dijo la culebra—. ¡Fíjate bien, atención!
         Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco.
         La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
         —Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
         —Entonces, te como —exclamó la culebra.
         —¡Un momento! Yo no puedo hacer eso: pero hago una cosa que nadie hace.
         —¿Qué es eso?
         —Desaparecer.
         —¿Cómo? —exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?
         —Sin salir de aquí.
         —¿Y sin esconderte en la tierra?
         —Sin esconderme en la tierra.
         —Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida — dijo la culebra.
         El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.
         La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:
         —Ahora me toca a mi, señora culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres", búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!
         Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente:"uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.
         La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho?, ¿dónde estaba?
         No había modo de hallarla.
         —¡Bueno! —exclamó por fin—. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?
         Una voz que apenas se oía —la voz de la abejita— salió del medio de la cueva.
         —¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?
         —Sí —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?
         —Aquí —respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
         ¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al insecto.
         La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.
         La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.
         Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.
         Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.
         Nunca, jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.
         Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
         Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
         —No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, sí hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos —la felicidad de todos— es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

jueves, 19 de marzo de 2015

jornada a pura neurona!!



Se juega con un dado de seis caras y el objetivo es trasladar las 4 fichas desde la cárcel o partida a la casa o meta. El turno se da por la izquierda y las fichas se mueven de izquierda a derecha (sentido de las agujas del reloj). Es obligatorio jugar lo indicado por el dado. A cada jugador, en su turno, le corresponde lanzar el dado y mover sus fichas si le corresponde. El seis del dado sirve como salida. Se utiliza para sacar fichas de la cárcel y se obtiene un turno extra (lanza de nuevo el dado). Las fichas se mueven según el número de espacios indicados (1 a 6) por el dado. Si un jugador se obtiene tres veces seguidas seis se le castiga y pierde su turno. Un jugador puede capturar (expulsar y poner en la cárcel) las fichas de un contrincante, si en su turno ocupa la casilla de este último. Ningún jugador puede tener más de una ficha en cada casilla, a menos que se haya acordado previamente jugar con bloque (ver variaciones).
Cuando una ficha que llega a la vertical de color esta seguro, es decir ningún contrincante puede capturarla. Sin embargo, debe llegar a la casa o meta con la cuenta exacta, de lo contrario tiene que moverse dentro de la vertical de color según lo indicado por el dado.





miércoles, 18 de marzo de 2015

RETRATO- ARTES VISUALES

consigna de trabajo.
luego de observarle utilizando la tècnica de blanco y negro realiza tu retrato.

José Pedro Varela- para 6to año

José Pedro Varela. Imagen extraída de Wikimedia Commons.

José Pedro Varela, hijo de Jacobo Dionisio Varela y Benita Gumersinda Berro, nació el 19 de marzo de 1845 en la ciudad sitiada de Montevideo, durante la Guerra Grande. Estudió en el antiguo colegio de los padres Escolapios. Si bien a los 15 años entró en el comercio cediendo a las exigencias de su padre, su deseo era estudiar y seguir la carrera de abogacía u otra profesión similar para lo cual se consideraba con más aptitudes. Comenzó a hacerse conocer en literatura a través de composiciones poéticas, crónicas y artículos literarios.
Desde setiembre de 1867 a agosto de 1868, Varela realiza un viaje a Estados Unidos y Europa, lo que dará lugar a nuevas crónicas publicadas en “El Siglo”. Dicho viaje culmina en Estados Unidos con el encuentro de Sarmiento, quien posteriormente será presidente de la República Argentina.
Historiadores como Ardao, afirman que si bien el encuentro con Sarmiento en Estados Unidos “encendió, más que alumbró, la que iba a ser siempre su pasión, más que vocación” (1), no debemos olvidar que existía previamente al encuentro, una fuerte preocupación por el drama educacional de su país y de su tiempo.
Varela tuvo una gran actividad periodística y política. Trabajó en “El Siglo” como colaborador y en “La Paz” como redactor y director. Concebía a la actividad periodística y política como acción inseparable de la tarea educacional.
En el año 1868, luego de su viaje por Estados Unidos y Europa, José Pedro Varela, junto a personalidades como Carlos María Ramírez, creó la “Sociedad de Amigos de la Educación Popular”.
En 1874, trascendiendo el propósito inicial y realizando un abordaje orgánico de la cuestión educacional, Varela escribió su libro “La educación del pueblo”.
Dos años más tarde, “La legislación escolar” va a contener su desarrollo sociológico, relacionando el problema educacional con la realidad del país. 
En el año 1876, durante el gobierno del coronel Lorenzo Latorre, José Pedro Varela acepta el puesto de Presidente de la Comisión de Instrucción Pública de Montevideo, que luego de la supresión del Instituto de Instrucción Pública ejercía una especie de superintendencia de todas las escuelas del país.
Tres meses después de ser designado Presidente de la Comisión de Instrucción Pública, Varela presentó al gobierno su proyecto de Ley de Educación Común, cuyos fundamentos teóricos constituyeron el libro titulado “La legislación escolar”. En dicha obra realizó un profundo análisis sobre las causas sociales, económicas, financieras y políticas que colocaban al país en una situación crítica y llegó a la conclusión de que era indispensable elevar el nivel de la educación popular si se deseaba superar el estado caótico y desorganizado que caracterizaba a la sociedad uruguaya.
El proyecto de Varela pasó a estudio de una Comisión especial, ésta realizó una reestructura del proyecto vareliano, modificándolo sustancialmente.
En el Proyecto de Ley presentado por Varela, se establece la obligatoriedad del aprender para todos los niños y niñas de 5 a 15 años.
A su vez, Varela plantea que la escuela, establecida por el Estado laico debe ser laica como él. La educación que ofrece y exige el Estado no busca afiliar al niño a una comunión religiosa determinada, o incorporar a los niños a un partido político específico, sino que debe preparar al niño para la vida adulta, para la vida ciudadana. En tal sentido, el Proyecto de Ley establece la laicidad, afirmando y promoviendo el respeto a los disidentes, dado que establece expresamente que no podrá obligarse a ningún niño a que asista a la enseñanza de la Religión Católica contra la voluntad o sin el consentimiento de sus padres o tutores. 
Finalmente, Varela es partidario de establecer la obligatoriedad de la educación en el marco de una sociedad que la haga posible, es decir, declarando y efectivamente ofreciendo la gratuidad de la enseñanza, como medio para lograr el cumplimiento de la instrucción obligatoria.
El 24 de agosto de 1877 el órgano ejecutivo nacional supremo, el Gobierno Provisorio del Coronel Latorre, en el marco del proyecto modernizador vareliano, promulgó un Decreto-ley de Educación Común, que muy parcialmente contemplaba el proyecto elaborado por Varela. No solo en el número de artículos fue recortado el Proyecto de Ley (de 111 artículos pasó a conformar un Decreto de 55 artículos), sino fundamentalmente en su contenido más avanzado o progresista, dado que eliminó la descentralización, la democratización, por tanto la participación popular y, la laicidad, dejando de lado la problemática en torno a la enseñanza de la Religión Católica, imponiendo por el contrario, la enseñanza de dicha religión en todas las escuelas públicas, exceptuándose a los alumnos que profesaran otras religiones y cuyos padres o tutores se opusieran a que la recibieran.
En el año 1877, cuando se aprueba el decreto-ley de Educación Común, Varela acepta el puesto de Inspector Nacional de Instrucción Primaria.
José Pedro Varela muere prematuramente el 24 de octubre de 1879, a los treinta y cuatro años de edad.

(1) Ardao, Arturo. Etapas de la inteligencia uruguaya. Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República. Montevideo, 1971; p. 115.

Referencias bibliográficas:Ardao, Arturo. Etapas de la inteligencia uruguaya. Departamento de Publicaciones de la Universidad de la

19 de marzo- varela en el recuerdo- para 4to y 5to año

Varela, amigo de los niños

La escuela laica, gratuita y obligatoria es un legado de José Pedro Varela. Te explicamos cuál es el significado de estos términos.

autor: www.lamochila.com.uy
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Año tras año, el 19 de marzo todos los escolares y maestros de nuestro país recuerdan de manera especial la figura de Varela.
¿Por qué es tan importante en la historia de la escuela pública uruguaya ese hombre de rostro delgado, de frente ancha y ojos tristes, de bigote y barba abundante, que parece mirar a lo lejos, con los brazos cruzados sobre el pecho, desde el retrato que vemos en todas las escuelas y colegios?
Para comprender mejor el alcance de su obra, te comentamos que, a mediados del siglo XIX había muy pocas escuelas en el país, prácticamente no se enviaban útiles a ellas, la mayoría de los maestros no estaban debidamente capacitados para cumplir su función, y cobraban sus escasos sueldos con muchos meses de retraso. Pocos niños iban a la escuela, eran ridiculizados cuando cometían un error, y recibían severos castigos por sus faltas.
Aunque no era maestro, Varela ocupó el cargo de Director de Instrucción Pública y luego fue Inspector Nacional de Instrucción Primaria. Visitó escuelas de todo el país y luchó hasta dejarnos la escuela pública laica, gratuita y obligatoria que tenemos hoy. Veamos qué sentido tienen esos términos.
La educación debe ser obligatoria porque, entre otras cosas, al elevar la preparación de todos los ciudadanos y los futuros ciudadanos, los capacita para ejercer más libremente sus derechos y cumplir con mayor responsabilidad sus obligaciones.
La gratuidad era un principio ya bastante arraigado en el país. Varela consideraba que la enseñanza es un servicio público, como la justicia o la policía, y que debía ser pagado por toda la nación. El Estado, junto con la obligatoriedad, debía disponer la gratuidad como el medio para cumplirla. Esta última, para él, era el más poderoso instrumento para la práctica de la igualdad democrática.
La escuela pública debía ser laica por varias razones. Entre ellas figuran las siguientes:
  • El Estado, institución política y no religiosa, no debe favorecer a ninguna religión determinada.
  • El objetivo de la educación es formar ciudadanos y no impartir a los niños una u otra religión.
  • La enseñanza de religión en la escuela, lleva a desconocer la libertad de conciencia o a ignorar a quienes tienen otra religión diferente.
Ya estarás familiarizado con el retrato de Varela que seguramente verás todos los días en tu escuela. Te pedimos que hoy te detengas otra vez ante él. Quizá puedas descubrir hacia dónde miraban sus ojos soñadores, o qué pensaba ese hombre joven de aspecto triste, disimulado por la barba que enmarcaba su cara. Trata de ser cada día mejor. Ese será, sin duda, el mejor homenaje que puedas ofrecerle.
Varela falleció en Montevideo, el 24 de octubre de 1879. Se le tributaron honores de Ministro de Estado. En diciembre de 1918 se inauguró un monumento en su homenaje, que está ubicado en la Plaza José Pedro Varela de la ciudad de Montevideo. El autor de la obra, que fue financiada a través de una colecta pública, fue el escultor español Miguel Blay.
En la ciudad de Montevideo, todos los años la “placita Varela”, como la llaman los niños y jóvenes del barrio, se viste con túnicas blancas y banderas el 19 de marzo. Niños, maestros, autoridades de la educación y vecinos de la zona se acercan para ofrecer al Reformador el cálido homenaje de su recuerdo.